| CONTRA EL RUIDO | HARTZ | 8 |
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INCIDENCIAS DEL YO CONTEMPORÁNEO (Continuación) |
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Sí, en 1908 Macedonio Fernández escribía que "el 'yo' o
la 'continuidad del yo', no tienen realidad alguna".
William James, con quien llegó a cartearse durante el lapso de 1906 a 1911, no podía
admitir las conclusiones extremadas de su interlocutor: la negación del tiempo y el espacio, la negación
del yo, de la materia y la causalidad. Pero lo cierto es que James mismo había contribuido a ello —al menos a
la idea de disolución de la identidad individual—, al considerar que la psicología debía atenerse
al estudio sólo de los estados de conciencia, sin que fuera necesario suponer un "principio sustancial de
unidad" de la vida psíquica.
Por un lado, esa postura era coherente con el pragmatismo, del que el
psicólogo filósofo de Harvard hacía alarde, caracterizado
por escoger soluciones "prácticas" y por el rechazo de cualquier injerencia de especulaciones "metafísicas"
perturbadoras. Por otro, esa "corriente de estados mentales", propuesta por James, venía coincidir con la
teoría de la "duración" bersogniana. Ambas representaban ya un tránsito, el paso resultante de
la crisis de la filosofía del sujeto hacia un nuevo paradigma, el de la "filosofía de la vida".
Como es sabido, esas ideas serían literariamente fecundas. Las modernas técnicas narrativas
del monólogo interior, de la introspección y de las formas de representar el paso del tiempo —c'est
notre moi qui dure, diría Henri Bergson—, se basan en ellas. Y la novela de Proust y de Joyce, el discurrir
pertinaz de los personajes de Virginia Woolf...
Por cierto, cuando hoy día la crítica feminista subraya la
reivindicación que hacía la escritora inglesa de un espacio suyo —"un cuarto propio"—, al que
por su condición de mujer tenía derecho, pasa por alto que lo sustancial de la obra literaria de Woolf se halla
no en tal reivindicación sino en el modo de afrontar el drama de la identidad disgregada. La ambigüedad sexual
de Orlando (1928), la realidad que se escurre por entre los puntos de vista diversos y
el aislamiento de los personajes, en Las olas (1931), eran
consecuencia de haber asumido que el yo sólo existía como un fluido de "impresiones",
en el que brillaba, indistinta, remotamente, el mundo exterior.
La exquisitez narrativa de Woolf, sin embargo, lograba un punto de equilibrio
gracias a que el encarado dilema entre el Arte y la Vida, sin ser resuelto, se lo suspendía.
Más del lado del primer término —el Arte—, la
novelista aceptaba el paso del segundo a condición de tamizarlo. No había sido
así diez años antes. Para los dadaístas la cuestión
debía plantearse de modo perentorio y resolvérsela de un golpe (cfr.,
El dadaísmo – Los poetas ante la guerra).
"La vida es un soplo misterioso", según palabras textuales de
Hans Arp. Por tanto, según Arp, los dadaístas intentaban "hacer visible,
a través de las cosas, la esencia de la vida". De ahí que "una frase de
periódico conmoviera por lo menos tanto como la de un gran poeta". Quiere decir que a ese
trozo mínimo de arte de poeta excelso no lo veían investido del aura que hasta
entonces se le había adjudicado al Arte. El dadaísmo era una reacción, como
señalaría Kurt Schwitters, y por eso el "dadaísmo consecuente, el puro
dadaísmo es un no–arte absoluto":
Der Konsequente Dadaismus, der reine Dadaismus ist ein absolute Nichtkunst.
De ese modo zanjaba el dilema la vanguardia europea. Queda por decir, sin embargo,
que esa oposición entre el Arte y la Vida, que hemos hecho notar desde un principio, con
ese carácter de disyuntiva, había sido así porque así se le había
asumido. Observemos, para salir de la redundancia, que si a los poetas, en general a los
escritores y artistas, el arte y la vida se les aparecía, desde la segunda mitad del siglo
XIX en delante, con el carácter de términos irreconciliables, se debía a
circunstancias concretas.
El ascenso y prosperidad de la burguesía como clase social sin más
miras que las puramente prácticas, la difícil y prosaica supervivencia en las
ciudades, la superficialidad de las relaciones humanas más allá de la
institucionalizada vida familiar, y el utilitarismo del comercio y la industria, de la ciencia y
la tecnología, eran suficiente revulsivo para la aguda sensibilidad y la
imaginación de los artistas y poetas de la época. Pero nada de eso, solamente de
por sí, hubiera llegado a serlo, si no hubiera habido un factor determinante.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX, el arte se
desgajaba de la sociedad para adquirir el estatuto de una esfera autónoma dentro del
conjunto de las actividades humanas. La aludida sensibilidad de los artistas, con lo que podía
tener de excedente y de respuesta inmediata a los menores estímulos, ya a fines del siglo,
era la perla de cultivo de esa condición emancipada del arte.
Un escritor como
Oscar Wilde, no en vano talentoso y dandi, daría cuenta de la situación de modo
impecable. A las críticas maliciosas sobre su novela El retrato de Dorian Gray,
publicadas en la Saint James' Gazette, respondería categórico que el arte y
la ética constituían esferas separadas por completo. He aquí, pues, que,
consciente de la emancipación de los fenómenos comprendidos en el ámbito de
la estética, Wilde estaba dispuesto a concluir en su defensa que "la vida, con su
realismo, echa a perder la materia prima del arte".
Entendemos ahora lo que rechazaban los escritores
y artistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Por sí solo, "vida" es un
término vago e, inicialmente, designa un hecho natural, biológico. Al mismo tiempo,
denota la actividad de lo propiamente humano, el acontecer en realizaciones de los seres
humanos, la vida humana, en suma, y ésta está condicionada, sucede. De ahí
que, al figurársele de modo conceptual, como elemento integrante de una disyuntiva, tal
disyunción apareciera no como una simple dualidad, sino que, conforme con el pensamiento
por opuestos que caracteriza a la civilización de Occidente, se le concibiese en
calidad de dilema inexorable. Arte/Vida, por tanto, en el que no simétricos, ni
siquiera complementarios, ambos términos ascendían a categorías
incompatibles entre sí, según las circunstancias, los hechos y las consecuencias.
Se entiende de este modo el no–arte de los dadaístas. Las vanguardias
históricas no rompían gratuitamente con las tradiciones artísticas. No porque
quisieran "partir de cero", como suele afirmarse en los medios de cultura de lengua española,
demostrando una reveladora incomprensión, sino por razones que, siendo subjetivas,
tenían su fundamento en una experiencia vital, de específica objetividad. Pues
trascendiendo la burbuja suspendida en la que se había convertido el independiente orden
artístico —ese "autoengaño", como lo denominaría Georg Grosz—,
avistaban "los desquiciados productos del orden social vigente" y rompían en carcajadas.
Es decir: la guerra había puesto a los poetas de cara al abismo. Debiendo
saltar, abandonaron las convenciones en que el arte se había enfeudado, sin darse cuenta
que aquella locura en que habían devenido los acontecimientos se sustentaba en toda una
estructura social y política. "La revolución inminente —como bien
advertiría Georg Grosz en 1924, concluida la aventura dadaísta—, llevó
al desenmascaramiento de esa estructura."
Carcajadas o silencio. Esas eran las formas en que se resolvía el conflicto
planteado por la separación entre las sociedades y el arte. Una separación que si
en tiempo de paz relativa resultaba un foso insalvable, en tiempos de guerra se convertía
en precipio. Las carcajadas de los dadaístas significaron el fin, no del arte en verdad,
sino del esteticismo. En cuanto al silencio...
Es sumamente revelador que en el momento en que Macedonio Fernández,
distante de los escenarios donde se cernía la conflagración mundial, ideaba, de la
manera más audaz e inventiva que se haya producido en lengua española, soluciones
para el desmoronamiento de la identidad y para el desvío de la vida y el arte,
también se diera una renuncia. Renuncia que por discreta,
pausada y melancólica no dejaba de ser significativa.
Pues carcajadas y silencio
habrían de repetirse en más de un lugar. Y el "Belarte" de Macedonio, por exceso y
con humor, correspondería al no-arte de los dadaístas, como
salida súbita en espejo al revés, al tiempo que el silencio de
Enrique Banchs a partir de 1911, equivalía, como en un retardamiento, a una omisión
que, igualmente exceso, era abandono (para lo que venga, véase el comentario de los versos de
Banchs en Aparición – 14).
Silencios, pues, y distancias, sofocaciones, autosofocación. Porque
en los años veinte y treinta...
(Continuará en el próximo número)
M./15-8-2008
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