Nº 19/ Otoño (octubre) de 2010     HARTZ
     
     
    ANTONIO ENRIQUE  
     Poeta nacido en Granada (1953),
crítico, ensayista, narrador, figura
en la Academia de Buenas Letras
de Granada. Ha publicado diecio–
cho libros de poesía desde 1974;
el último, a la fecha, Crisálida sa–
grada
(2009).  Autor de ocho no–
velas, de los Cuentos del río de
la vida
(1991), y como ensayista
de  Las cavernas  del  sentido
(2009). Reside en Guadix,  donde
está al cuidado del aula "Abento–
fail" de poesía y pensamiento.
 
 
  IXL  
Las manos,
nada existe comparable.
La rosa es la forma perfecta.
El perfume de nardo,
absoluto.
Y el canto del ruiseñor.
Pocas cosas existen en el mundo
más que una rosa, más que un nardo,
mejor que el ruiseñor. Un canto,
un perfume, una forma.
Pero las manos? ¡las manos!
Las manos juntas, bajo la mejilla,
son la gran rosa
que sueña
sola.
Y las manos que de pronto se deshacen,
ella misma ensoñada en el nardo
que entera la persigue
con su olor.
Manos que revolotean,
y cantan,
como el ruiseñor subido
a un árbol de nieves.
Las manos, los pies,
las manos y los pies.
El ritmo, la cadencia.
Nada la sostiene, cerrados
los párpados,
suspendida en el aire.
Nada como esas manos
que también bailan, se detienen y al fin vuelan.
Se detienen en perfume,
y vuelan, tras el canto.
El ritmo, los pies,
las manos la cadencia.
Ahí el compás.
Si miras la rosa,
estás viéndola.
Si hueles el nardo,
la estás sintiendo.
La escucharás en sueños,
cada vez que oigas al ruiseñor.
Las manos, la forma del sufrimiento.
Los pies, el sufrimiento.
 
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