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LAS ILUSIONES DE LA RED (7) LAS ESTRATEGIAS EL USO DE IMÁGENES La primera regla que ha de seguirse para tener éxito en la Red,
según los expertos, es la de recurrir al uso de imágenes para atraer la atención de los navegantes.
¡Oportuno consejo! Puesto que la visualidad predomina en las culturas actuales, nada mejor que advertir
cómo una imagen "vale más que mil palabras", que es lo que asegura la frase acostumbrada. Y puesto que la
tendencia preponderante hoy día consiste en dirigir todo esfuerzo a promocionar a ultranza la propia imagen,
consecuente resulta que la primera indicación sea esa: incluir fotografías de las personas implicadas en
los hechos e informaciones de la página web de que se trate.
Y así la imaginación —la malla de las ilusiones de la Red— se pone en marcha. Fotos,
sí, porque aquellos a quienes pertenecen esas fotos serán los primeros, los segundos, los terceros, etc., en
"visitar" sus hermosas imágenes, seguidos de sus amigos y de los amigos de sus amigos. ¡Delicias de Narciso, que
allí puede contemplarse una y otra vez! Allí participante, allí colaborador, allí estrella
refulgente, centro de atención pública, fisonomía de autoría, de crédito y publicidad.
Pero la trampa está a la vista. Porque si se le da tanta preferencia a lo visual, ¿qué
importancia tienen las realizaciones, los sucedidos, los relatos, las notas, los textos todos arrastrados por lo primero que se ofrece a
la mirada del "visitante"?
Quiere decir ello que se buscará satisfacer prioritariamente el ansia de visualidad, no lo que llame a
la razón sino lo que apele a los sentidos y a las fantasías del usuario de la Red. La dificultad de leer, los
apuros de interpretación se allanan cómodamente y los mundos barrocos de las culturas contemporáneas son
el resultado. Todo prominencia hueca, todo brillo y pasamanería en marcos cibernéticos.
¿Cómo comprobarlo? La siguiente anécdota es reveladora. La ocasión de unos actos
culturales celebrados hace un par de años en las afueras de Madrid sirvió, como es usual, para que se diera
noticia en la Red de lo ocurrido con la exposición de las fotos en grupo de los asistentes y participantes en dichos
actos. Y he aquí que bien observadas esas fotografías nos deparaban la mayor de las sorpresas.
Personas de pie, personas sentadas, personas en posición de frente, de perfil o de tres cuartos. Es
obvio que ante las cámaras, sean fotográficas, cinematográficas o de vídeo, siempre se posa y a
muchos no les es fácil lograr la naturalidad necesaria para que la propia presencia se aparezca espontánea, distendida y
habitual. (No todo mundo goza de la cualidad de ser fotogénico.)
Pero lo curioso en las fotos era la regularidad de las facciones, lo indistinto de los perfiles, la poca
variación de los gestos y las posturas. Y lo llamativo era esa falta de singularidad, esa falta de energía y
distinción que precisamente los cánones fisiognómicos y de indumentaria en boga preconizan.
Vaya ironía. Como vemos por esta anécdota, el recurso de las fotos produce el efecto contrario al
objetivo que se pretende conseguir. Confirma la ausencia de personalidad y la ramplonería que caracteriza a la
globalizada civilización actual, tal como se refleja en las ilusiones que suministra despreocupadamente la Red.
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