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TRADUCIR POESÍA

Aunque todo lo relativo al concepto de traducción y a la experiencia de traducir sea tema muy socorrido, y si bien algo se ha anotado ya al respecto en Hartz (Cf.: Música de otros, No. 13, marzo de 2008), conviene aclarar ciertos aspectos, puesto que la presente Revista se ha distinguido por difundir poesía de otros idiomas en traducciones propias.

Primeramente, al tratar del arte y oficio de traducir, debería tomarse en cuenta que los criterios acerca de lo que es traducir y de lo que es una buena traducción han ido variando con el transcurso del tiempo. Bien hace Miguel Ángel Vega al indicar que es necesaria una historia de la traducción, y con más firmeza se impone esa exigencia si se atiende a lo que sucede en el hecho de verter textos poéticos de un idioma a otro.

Es probable que, al efectuar un relato de lo que ha venido aconteciendo en torno a la traducción de poetas extranjeros a la lengua española, nos llevaríamos grandes sorpresas. Pues, por más que se haya historiado hasta la fecha, en materia de versión de poesía a nuesro idioma queda mucho por hacer. Piénsese cuanto ha permanecido relegado de lo que los traductores –principalmente poetas– del siglo XIX emprendieron para dar a conocer la poesía europea de su tiempo.

El modernismo poético de fines del siglo XIX y principios del XX, tanto Hispanoamérica como en España, no se comprende a cabalidad sin esa copiosa labor de trasvase de poemas y textos afines que los autores de la época realizaron con tanto empeño. La renovación del léxico y la innovación estructural que caracterizó al movimiento se debe sobre todo a esa iniciativa de traslado lingüístico.

Puesto que las historias literarias adolecen de esa falta de atención al trabajo interpretativo de poesía extranjera que los autores del siglo XIX realizaron, no se llega a explicar bien el tránsito de los poetas románticos españoles e hispanoamericanos a nuevas vías de expresión procedentes de la lengua francesa y otras lenguas románicas aledañas.

En el olvido se halla ahora la prodigiosa obra de traducción de poetas franceses y latinos llevada a cabo por Rafael Pombo, poeta colombiano notable de la época, aunque Valentín García Yebra se haya complacido en la actualidad más de una vez en destacar la excelencia de la versión poética que el romántico Pombo efectuó del aclamado soneto inglés Night, escrito por José María Blanco White.

En el desconocimiento de los profesores y estudiosos de la literatura modernista yace ahora el hecho de que los adalides del modernismo se dedicaron a traducir bien poemas de sus autores predilectos como Verlaine y Eugénio de Castro. Guillermo Valencia tradujo de Verlaine «Mujer y gata», la misma composición que había traducido Amado Nervo.

Queda aún pendiente la tarea de exponer el complicado relato, en detalle y cotejos, de las transformaciones de los poemas de Edgar Allan Poe –Las campanas, El cuervo, Anabel Lee...– acaecidas en manos de sus distintos y sucesivos traductores: desde Ignacio Mariscal y Juan Antonio Pérez Bonalde, en el siglo XIX, hasta Roberto Gómez Robelo y Leopoldo Díaz, en el XX.

Naturalmente, esa desmemoria tiene razones de ser. La principal, entre ellas, se debe al hecho de que toda traducción está sometida a caducidad. Como advirtió Umberto Eco: "Toda traducción (y por eso las traducciones envejecen) se mueve en un horizonte de traducciones y convenciones literarias que inevitablemente influyen en las elecciones de gusto". O como hemos dicho antes: los criterios de cómo debe traducirse varían con el paso de los años, aun cuando los conceptos en traductología aspiren a la condición de inmarcesibles.

Si bien es cierto que las traducciones pierden vigencia, no es menos cierto que, para el caso de las versiones poéticas, puede haberlas que mantengan su frescura a la par de los originales que les han servido de origen, como sucede en el ejemplo antedicho del soneto de Pombo, equivalente castellano del soneto inglés de Blanco White.

No puede dudarse, asimismo, que asumidas las incorrecciones y desaliños cometidos por fray Luis de León al traducir a Horacio, al lector le resta hoy el placer de degustar el modo en que el poeta español vertía e infundía su propia alma en lo que imita y traslada del poeta latino, como bien señalaba Menéndez Pelayo con palabras semejantes.

Si se quiere aquilatar con justicia la obra traductora de quienes en el pasado han sido modelos en el oficio de traducir, antes de proferirse cualquier juicio debe, por consiguiente, tomarse en cuenta el horizonte que indica Eco, o sea: las condiciones del momento histórico que ha vivido el traductor y de los acuerdos con la tradición a los que ha llegado en la realización de su trabajo.

Ello vale incluso para estimar el rendimiento, la calidad y oportunidad de las traducciones poéticas actuales. Porque, si se descuentan aquellas afirmaciones extremadas o dogmáticas ("la poesía es intraducible", "sólo la gran poesía es traducible"...), que en la prática entorpecen y enturbian la iniciativa de dar a conocer en el propio idioma autores extranjeros, tenemos que en el ejercicio actual de traducir poemas se ha llegado al criterio generalizado, tácito o confeso, de verter el fondo del texto original sin su forma propia. Y se le justifica con la idea de que el cuidado en trasladar características formales de un poema puede llevar a no ser fiel al contenido y a desvíos graves de lo que es la verdadera sustancia poética que intenta traducirse.

Ese criterio estima que en toda obra literaria se da un fondo y una forma, fáciles de distinguirse entre sí. Suposición errónea que induce a descuidar los aspectos formales de la poesía y a creer que el verso libre, tan preferido en la actualidad, es realmente "libre".

Pero ya Eliot advertía: "no existe división entre verso conservador y vers livre", y añadía una frase que debió haberse grabado en la mente hace tiempo, tanto de los pretendidos poetas como de los traductores de poesía: "porque sólo hay versos buenos, versos malos y el caos".

 

R.L./X.–25.2.2017



REFERENCIAS:

ECO, UMBERTO. Decir casi lo mismo, traducción de Helena Lozano Miralles, Barcelona, Debolsillo, 2009.

VEGA, MIGUEL ANGEL (ed.). Textos clásicos de teoría de la traducción, edición ampliada, Madrid, Cátedra, 2004.



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