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LOS PREMIOS NOBEL DE LITERATURA EN SU TINTA
(Continuación: 12)

LOS PREMIOS NOBEL ESPAÑOLES E HISPANOAMERICANOS

1990 — OCTAVIO PAZ (1914–1998)

Interesa observar que Kjell Espmark incluye a Octavio Paz dentro de la lista de escritores —Soyinka, Mahfuz, Walcott, Oe y Gao Xingjian— que llegó a conocerse en todo el planeta gracias al propósito de la Academia Sueca de distinguir "notabilidades desconocidas" por un público mayoritario hasta la fecha en que se les fue otorgando el Nobel. Y lo recalca, al final del libro, donde nota que "escritores y regiones ignorados internacionalmente" han recibido la atención, de la que no habían gozado hasta entonces, al darse el Premio a literatos de edad "como Aleixandre, Singer, Canetti, Seifert y Paz". (Véase, Espmark, pp. 187 y 323).

Laura Vaccaro, por su parte, subraya que el escritor mexicano "era un destacado poeta y un eximio ensayista" y agrega que en los años noventa la Academia Sueca se propuso realzar la poesía premiando a Paz, Walcott, Heaney y Szymborska, "todos ellos poetas con pedigree". (Véase, Vaccaro, p. 400).

Tenemos aquí, por un lado, el señalamiento de que, en 1990, Octavio Paz no era conocido en el mundo por un público corriente y normal (Espmark). Y por otra parte, la confirmación de la alta estima conferida a su obra y personalidad por las minorías letradas, al incluirlo en la nómina de los galardonados "poetas con pedigree" (Vaccaro).

No sin cierta malicia, Jorge de Sena dice en nota correspondiente a su traducción de «Himno entre ruinas» –el mismo poema que J. M. Cohen había comentado admirativamente en Poesía de nuestro tiempo, libro de 1959 (para ed. esp., ver Referencias Bibliográficas de Incidencias del yo)–, que Octavio Paz "está considerado ahora el mayor poeta mexicano, siendo objeto de una celebridad internacional que refleja sus contactos literarios en París y Europa (...)".

La nota de Sena es de 1978. En el diario El Universal, el 25 de agosto de 1984, a propósito del homenaje a Paz en el Círculo de Bellas Artes, Rafael Solana advertía, la tendencia a coronar a los escritores en México, en la forma de un "monoteísmo" que hacía de Octavio Paz, figura central de la cultura del país por recibir la "tiara" —palabra textual de Solana—, que antes habían portado de modo sucesivo Alfonso Reyes y Torres Bodet. Así Paz representaba a la poesía (y el ensayo) en el centro, mientras a su derecha permanecía Juan Rulfo como narrador ejemplar y, a la izquierda, Emilio Carballido como dramaturgo.

El comentario de Solana ilumina la afirmación de Harold Bloom, que dice de Octavio Paz que, al concedérsele el Nobel en 1990, "poseía, y conserva, una posición eminente y única en la literatura mexicana".

Esas confirmaciones echan un velo de sombra sobre la obra de Paz. Un velo que ya había descorrido Jorge Aguilar Mora en un libro, La divina pareja. Historia y mito (1978), el cual fue silenciado oportunamente y permanece hasta la fecha en discreto olvido.

La argumentación principal del libro de Aguilar Mora contiene los indicios de cómo la institucionalización de la Cultura en México, un poco a la manera francesa, aunque de forma más rígida y coactiva (o un mucho quizás, con lo cual se daría razón a Jorge Cuesta y a sus ideas en torno a las relaciones culturales franco–mexicanas), ha condicionado la posición de Octavio Paz y, a un tiempo, ha contribuido a la difusión de su obra y a su fortuna de escritor.

En otro medio no hubiera sido igual. En cambio, dentro de ese orden de jerarquías establecidas encaja y se comprende mejor su figura. Figura que no era sólo la del poeta sino además la del ensayista, que asumía el papel de crítico —"poeta–crítico" lo llama Harold Bloom—, de crítico literario o crítico de arte y, sobre todo, "crítico del poder". Caracerización esta última del intelectual —según modernamente se le entiende y conforme a la función social que le asigna la tradición francesa—, que Paz hizo explícita en el artículo «La conjura de los letrados».

Esta posibilidad de ser escritor intelectual la daba el mismo orden que ha implantado la institucionalización mexicana de la Cultura. Pues al abrir para ella el espacio público permitía la manifestación externa, la libre expresión de ese "amor inmoderado a las inciertas ideas e inestables opiniones de los hombres", que caracterizaba a Paz, como confiesa en el artículo referido, y que bien lo retrata en su inclinación de ensayista.

Pero, con lo dicho hasta el momento, sólo hemos rozado el aura que despide la personalidad de este Nobel como hombre de letras, inserto en su mundo, sin tocar el núcleo de su obra, que es lo que importa.

Digamos, antes de proseguir, que desde hace mucho Octavio Paz nos ha parecido, y sigue pareciendo, "un poeta extraviado en la política", como dijo Jean Touchard de Chateaubriand. Con la diferencia de que al francés ese extravío, al menos, redundó en sus Memorias espléndidas y, si bien nada aportó a la historia del pensamiento político, al menos imprimió al tradicionalismo su poesía de rechazo y honor, de soledad y nada, como ha señalado Touchard. Para el mexicano, en cambio, se presume que fue solo desencanto y el desvío de su autenticidad de poeta.

La opinión precedente no intenta restar importancia a las incursiones de Paz en la política de su país, ni al beneficio público que se haya derivado de los debates que él animó con denuedo desde las páginas de Plural y Vuelta. Más bien señala lo que debe aplicarse al cálculo del saldo total de su obra como escritor.

Su obra monumental, que está publicada completa en varios volúmenes por Galaxia Gutenberg en España y por el Fondo de Cultura Económica en México, ha suscitado, a pesar de sus detractores, una amplia bibliografía entusiasta, de la que es muestra la recopilación de Enrico Mario Santí. Y la representatividad de su figura ha llevado al proyecto de dar su nombre a la Casa mexicana de Cultura en Madrid. Todo ello invita a la prudencia. Prosigamos, no bostante.

OCTAVIO PAZ EL ENSAYISTA

Aguilar Mora, en el libro arriba citado, considera que el error básico en la obra ensayística de Paz consiste en confundir la idea que designa la palabra historia, utilizándola de modo ambiguo en el sentido de historia como hecho o en el de historia como discurso.

Para ser más precisos habría que tener el cuidado de distinguir los conceptos que se denotan con un mismo término:

1) Historia como indagación de hechos o acontecimientos humanos que intenta constituirse en una ciencia, la 'ciencia histórica'.

2) Historia como objeto de esa ciencia, o sea, los 'acontecimientos' (que A. M. señala con la palabra hecho).

3) Historia como 'narración' de acontecimientos sucedidos (que A. M. indica con la palabra discurso).

Adviértase que en español no tenemos la posibilidad que tiene la lengua inglesa para diferenciar 2) y 3). El inglés usa las voces history y story, respectivamente. Para 1) tenemos, en lengua española, la alternativa de recurrir a historiografía, término con el que se designa el resultado escrito de lo que va produciendo la ciencia histórica.

A esas dificultades terminológicas añadase que, al hablar de historia, debemos tener presente que el decurso de los acontecimientos ha ido propiciando sobre esa sucesión historiada o historiable una reflexión, que es la filosofía de la historia.

Aguilar Mora argumenta en su libro sobre los fallos de distinción de los conceptos mencionados, que comete Octavio Paz, y de cómo éstos llevan al escritor mexicano a otros errores, por ejemplo, en sus ideas en torno a la tradición y lo que el poeta mexicano bautizó "tradición de la ruptura."

Pero, no siendo amigo de hacer distinciones, Paz incurre en otras faltas que Aguilar Mora no menciona. Porque en toda su obra en ningún momento llega a delimitar el uso frecuente de voces con las que intenta apoyar las razones fundamentales de su discurso. Y puesto que no matiza ni concreta los significados moderno, modernidad, modernización, el lector termina perplejo ante las páginas de El ogro filantrópico. Si en una de ellas arremete en contra de la modernidad, en la siguiente saldrá en defensa de la modernidad (¿de esa misma?, ¿de otra?, ¿qué otra?).

La vaguedad de los términos, la mezcla y parcialidad de los conceptos, la desatención al contexto en que debe situárseles, la inexactitud de los datos y la violencia de las conclusiones: todo torna irritante la lectura de la obra ensayística de Paz.

Queda dicho arriba que la definición moderna del intelectual se cumple en este ensayista en calidad de "crítico del poder". Pero con más precisión Gabriel Zaid, atenido a la filiación francesa de los intelectuales modernos, ha reparado en que "intelectual es el escritor, artista o científico que opina en cosas de interés público con autoridad moral entre las elites", y hace notar que como adjetivo empezó a usarse esta palabra en español en el siglo XV y "se volvió sustantivo a fines del XIX, para llamar a cierto tipo de personalidades" (Zaid, pp. 100–101).

En «La conjura de los letrados» Paz se refiere a "la situación de los intelectuales de Nueva España", si bien es cierto que indica que eran "teólogos y cortesanos", hace recordar que en El laberinto de la soledad se permite llamar intelectual a Sor Juana Inés de la Cruz. Es el modo en que a menudo desatiende el contexto de uso de los términos, aplicándolos en sitios donde debería ser más estricto.

En la sección 'Las dos razones' de su libro Corriente alterna Paz dice de Sartre y Ortega y Gasset que "los dos vienen de la fenomenología". Dato falso, ya que el segundo procedía del neokantismo que había bebido en Marburgo. Peor inexactitud comete en Claude Lévy-Strauss o el nuevo festín de Esopo al igualar "afirmación y negación" a "libido y represión", glosando así que "la dialéctica histórica (...) se reproduce en la teoría de Freud" (Paz, 113). Ignora el autor que la represión (Verdrängung) tiene su sentido originario en "desalojar", no en "reprimir" y que técnicamente se la distingue del "rechazo" (Verwerfung), que sería la negación.

Pero la violencia de las conclusiones y la parcialidad de los conceptos es más evidente en Los hijos del limo. Ni el Romanticismo literariamente se reduce a concepciones esotéricas ni puede decirse que los poetas modernistas en América Latina hayan sido los románticos que no lograron darse antes. Aceptar esa afirmación, como la repite Harold Bloom, sería desconocer a Rafael Pombo, Pérez Bonalde y tantos más que, con obra propia o traducciones, harían posible el tránsito de una retórica a otra (J. M. Heredia tradujo a Byron, Lamartine y otros; véase: Traducir poesía).

Aceptarla sería, además, ignorar que con las formas parnasianas que los modernistas introducían en castellano rebasaban el Romanticismo. La concienciación estética de los modernistas fue dar de revés al desorden romántico y por su dosis de Simbolismo, a su manera, ya no podían ser románticos.

Los desaciertos indicados nos ponen en guardia; muestran que la obra en prosa de Octavio Paz debe leerse con meticulosa atención, si se quiere evaluarla y hacerle la justicia que merezca. Ante un escrutinio minucioso aparecerán más yerros, que omitimos por razón de espacio y brevedad, y que convencen de sus debilidades de ensayista y de polígrafo.

OCTAVIO PAZ EL POETA

Como poeta se desempeña mejor e induce a pensar que solo a la poesía debió haber sujetado su ambición. De entre la gran cantidad de textos en torno a su figura, las páginas que le dedica José Joaquín Blanco quizá sean de las más acertadas. Afirma de él que "desarrolla una poesía y un pensamiento introvertidos, llenos de enigmas sobre el propio lenguaje. Y a medida que las respuestas parecen más imposibles, los enigmas proliferan en rotaciones secretas, como fórmulas esotéricas de un alquimista" (Véase, Blanco, Crónica de la poesía mexicana, 275-288). Tal caracterización se entiende que está referida a la obra de su madurez.

La voz de Paz recorrió distintos registros desde su primer libro en 1935, recogido en Libertad bajo palabra, colección que reúne su poesía desde esa fecha hasta 1957. En ese volumen se exhiben sus cambios. A la sombra de la lírica española (Juan Ramón, Cernuda, Guillén) inicialmente, y luego de Neruda. A partir de Salamandra (1958-1961), predominó en él la influencia de la poesía surrealista, de Mallarmé, de la poesía china y japonesa y de la poesía concreta y visual. Estas últimas se tornaron evidentes en Ladera este (1962-1968) y Topoemas (1968). A partir de Pasado en claro (1975) las huellas fueron de Wordsworth y habría que comprobar si también de poesía norteamericana. Sus relaciones literarias con China y Japón las ha estudiado bien Eliot Weinberger (Véase, «Paz in Asia» de Outside Stories, pp. 16-45, texto revisado y aumentado también está incluido en Written Reaction).

La variedad de registros y de influencias en el curso de la obra de Paz no deja de causar inquietud. Parece como si buscara algo sin conseguirlo. El esoterismo, que Blanco apunta, y la tendencia a la impersonalidad, que evita Pasado en claro, redoblan esa sospecha: como si Paz no siempre lograra captar la más íntima vibración de sí mismo y traducirla al tono inconfundible de su voz. En cada etapa, sin embargo, puede espigársele poemas notables que podrían figurar en una buena antología y que no tienen por qué ser los extensos que más suele estimar la crítica actual.

CONCLUSIÓN

Aun con todo lo expuesto es indudable que Octavio Paz constituye una importante personalidad de las letras mexicanas. Su obra, una de las más influyentes en el ámbito hispánico y que en vida obtuvo tantos premios y distinciones, merece que se le lea y examine con atención y cautela.

Por el estilo sugestivo, por la riqueza de asuntos, por la gallardía en oponer ideas no gratas, es digno de respeto. Pero por la imprecisión de los conceptos, por la prisa en establecer consecuencias mal inferidas, por la actitud del mandarín que se acomoda a la adulación, se hace acreedor de nuestras reservas.

Celébrese su inteligencia, la vivacidad de sus reacciones, el brillo de su prosa demostrativa; pero manténgase el más escrupuloso cuidado ante el despliegue de sus cavilaciones. Prevemos que su extensa obra, habiendo representado toda una época, con el paso de los años, se irá reduciendo para la memoria y gusto del público lector.

(CONTINUARÁ)



REFERENCIAS:

PAZ, OCTAVIO. Claude Lévy-Strauss o el nuevo festín de Esopo, 1a ed., México, Joaquín Mortiz, 1967.
-----------------. Corriente alterna, 1a ed., México, Siglo XXI, 1967.
-----------------. El laberinto de la soledad, 7a ed., México, Fondo de Cultura Económica, 1969.
-----------------. «La conjura de los letrados», Vuelta, Nº 185, abril de 1992, pp. 9–14.
-----------------. Los hijos del limo, 1a ed., Barcelona, Editorial Seix Barral, S. A., 1974.

AGUILAR MORA, JORGE. La divina pareja. Historia y mito.– Valoración e interpretación de la obra ensayística de Octavio Paz, México, Ediciones Era, 1978.
BLANCO, JOSÉ JOAQUÍN. Crónica de la poesía mexicana, (Jalisco) México, Departamento de Bellas Artes. Gobierno de Jalisco, 1977.
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SANTÍ, ENRICO MARIO (ed.). Luz espejeante: Octavio Paz ante la crítica, selección y prólogo de E. M. S., México, Ediciones Era/UNAM, 2009.
SENA, JORGE DE. Poesia do século XX (De Thomas Hardy a C.V. Cattaneo, tradução, prefácio e notas, Porto, Editorial Inova, 1978 (2a ed., Coimbra, Fora do Texto, 1994; 3a ed., Porto, Edições ASA, 2003).
TOUCHARD, JEAN. Historia de las ideas políticas, 1a reimp., Madrid, Editorial Tecnos, 1985 (5a ed., 1983).
VACCARO, LAURA. Los Premios Nobel de Literatura – Una lectura crítica, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla, 2007.
WEINBERGER, ELIOT. Outside Stories (1987-1991), New York, A New Directions Book, 1992.
--------------------------. Written Reaction: Poetics Politics Polemics (1979-1995), New York, Marsilio Publishers, 1996.
ZAID, GABRIEL. De los libros al poder, México, DeBolsillo, 2011.


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