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LA SONRISA JAPONESA

por WENCESLAU DE MORAES

una de las características fisonómicas del japonés, que más ha impresionado al extranjero, es, indudablemente, la sonrisa, la proverbial sonrisa nipona. No me refiero, en estas líneas, a la sonrisa malévola, sea irónica, sea desdeñosa, sea provocativa, con que no pocas veces nos gratifica, a nosotros, occidentales, el individuo de la eventualidad, con quien nos cruzamos en la calle. Este individuo es, por lo general, el estudiante o el muchacho, o el rudo carretero, o incluso el comerciante, y sólo por excepción la mujer; difícil de sorprender en las aldeas, en los lugares del interior donde poco se infiltra el intruso, es, por el contrario, común en los puertos más frecuentados por extraños como Nagasaki, como Kobe, como Yokohama, donde el contacto cotidiano con estos mismos extraños ha cristalizado el sentimiento de incompatibilidad de razas en una verdadera aversión, en un verdadero asco, que entre tanto la mayoría de los nativos sabe cortesmente disfrazar.

No me refiero aquí a tal sonrisa, aun siendo digna de estudio y que, quizá, me sirva de tema en un comunicado futuro. La sonrisa que hoy considero es la que asoma indiferentemente a todos los labios japoneses, común a los dos sexos, que ocurre en las relaciones superficiales de los nipones entre sí y entre nipones y europeos; sonrisa que encanta generalmente, cuando se comienza a dar un vistazo a los aspectos de la vida indígena, que es habitual que irrite al residente de muchos años y que, en todo caso, tanto se ha aprovechado para clasificar a este pueblo de quimérico, de voluble, de poco serio, de insensible, de insolente y de muchas otras cosas feas.

Todos han notado tal sonrisa, todos se han servido de ella para conclusiones gratuitas, pero pocos la habrán estudiado con sincero interés de observador escrupuloso; y estoy seguro de que, cuando hace algunos años Lafcadio Hearn dio publicidad a su interesantísimo capítulo The japanese smile, muchos residentes del Japón, con veinte años, con treinta años de permanencia en este imperio, comprenderían entonces por primera vez que alguna cosa más simpática que la quimera o la insolencia podría explicar esa expresión sonriente, que encontramos en el rostro del hijo del Nipón.

El temperamento asiático, la piedad filial, la etiqueta del feudalismo, la moral budista y también otras circunstancias imprimieron en el alma japonesa ese carácter de particular altruismo, que tanto distingue al japonés de todos los otros hombres; el individuo es causa ínfima, no debe contar para nada ante el superior o incluso ante el igual. Es en la acción combinada de todos estos factores, trasmitida por herencia y por educación desde remotas épocas, donde se debe ir a buscar la causa primaria de la sonrisa nativa.

Tal sonrisa traduce, ante todo, por convicción o por cortesía, el placer que se siente en las relaciones personales con otro individuo, cuidando cada cual de patentizar su interés por el otro, al tiempo que muestra descuidar lo que sea preferencia del propio yo. Los ejemplos podrán explicar, mejor que todos los argumentos, la delicada intención que pretendo dar a conocer en estas líneas.

Si un japonés encuentra otro, sonríe de inmediato, queriendo mostrar de esta manera el placer que el encuentro le ha causado. Si uno de los dos se halla angustiado por un gran disgusto —supongamos una grave preocupación financiera, o que se le acaba de morir el padre—, sonríe igual, pues sería una flagrante falta de urbanidad, el dar a entender que la satisfacción experimentada le era inferior a los dolores íntimos; y, además, la confesión de las propias penas se excluye, no sintiéndose nadie con el derecho de llamar la atención del compañero hacia los males ajenos.

La esposa, en la convivencia cotidiana con el marido, conservará una sonrisa permanente en sus labios, con la intención de expresar de qué modo es feliz en el hogar, de qué manera la existencia le sucede sin cuidados. Con el mismo objetivo, sonreirá la criadita a toda la gente, el hijo a los padres, el empleado de oficina al director, e incluso, en ciertos casos, el soldado al general, en el campo de batalla. De superior a inferior, ya la sonrisa no se impone, aunque se le practique, por benevolencia, y también por hábito, comprendiéndose que los músculos de la cara se amolden, por el uso, a la sonrisa crónica.

(Cartas, III, 77–80.)

(Traducción: Propiedad de Hartz)

R.L./X.–23.enero.2017

 
   
Wenceslau de Moraes  (o Venceslau de Morais), nació en Lisboa en 1854. Se fue a Japón a los 44 años de edad, país que ya había visitado varias veces como oficial de marina y en el que vivió el resto de su vida. Sus «Cartas del Japón», escritas desde 1902, se publicaron en un diario de Oporto hasta 1913. O–Yoné y Ko–Haru se le editó en 1923. Se ha dicho que sus sondeos del pueblo japonés son "los más sagaces y profundos" que haya logrado un extranjero. Murió en Tokushima en 1929.
 
 
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REFERENCIAS:

Wenceslau de Moraes, selección de textos e introducción de Armando Martins Janeira, Lisoba, Portugalia, 1971, pp. 80–82.


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